Episodio 9

Amor y Pérdida

"Algunas despedidas abren puertas. Otras las cierran para siempre."
23 min de lectura

Mientras Valentina corre al hospital, su madre se aferra a la vida lo suficiente para compartir una última verdad — y dar su bendición. Diego se arrodilla en el pasillo del hospital, pronunciando palabras que ha guardado quince años. Mari confronta a Sebastián con un ultimátum que definirá su futuro. Y justo cuando el equipo cree que ha ganado, Don Aurelio aparece con noticias que podrían destruirlo todo: está vendiendo TransMex. A compradores que quieren ver a LogiMex muerta.

Anteriormente: "El Juicio" — Bruno llevó su guerra a la sala de juntas, pero Stefan contraatacó con métricas reales que no podían ser negadas. Patricio sorprendió a todos poniéndose del lado de los desarrolladores y diciéndole a Luciana que revelara sus secretos si quería. Rafa dio el golpe de gracia con números que probaban que el framework estaba diseñado para fracasar. Don Rodrigo finalmente dijo las palabras que Bruno nunca esperó: "Es hora de que te vayas." El equipo celebró — hasta que sonó el teléfono de Valentina. Su madre la necesitaba. Ahora.

El Último Aliento

Valentina atraviesa las puertas del hospital de noche, Diego justo detrás, la luz de neón brillando intensamente sobre sus rostros aterrados
"Estoy aquí, mamá. Estoy aquí."

Los pasillos del hospital parecían interminables, las luces fluorescentes zumbando como abejas. Valentina corría.

Diego estaba justo detrás de ella, su mano encontrando la suya, jalándola hacia adelante cuando sus piernas amenazaban con fallar.

“Habitación 412”, gritó una enfermera. “Dense prisa.”

Atravesó la puerta.

Su madre yacía pequeña y quieta contra las sábanas blancas, tubos y monitores rodeándola como una jaula. Pero sus ojos — esos ojos salvajes y hermosos — estaban abiertos. Esperando.

“Mija.” La palabra apenas más fuerte que un susurro. “Viniste.”

“Por supuesto que vine.” Valentina cayó de rodillas junto a la cama, tomando la mano de su madre. Tan fría. Tan delgada. “Mamá, ¿qué está pasando? Los doctores dijeron que estabas estable, dijeron—”

“Los doctores mienten para darnos esperanza.” Su madre sonrió, la misma sonrisa que había guiado a Valentina a través de cada rodilla raspada, cada corazón roto, cada fracaso. “Pero ya no tengo tiempo para mentiras.”

“No digas eso. Carajo, no digas eso.”

“Tu lenguaje, mija.” Una risa débil. “Incluso ahora.”

Diego estaba de pie en la puerta, lágrimas corriendo por su rostro. No se movió. Sabía que este momento no le pertenecía.

La madre de Valentina le hizo señas de todas formas. “Diego. Ven aquí.”

Él se acercó a la cama, tomó su otra mano.

“Amas a mi hija.”

No era una pregunta. Él asintió, incapaz de hablar.

“Bien.” Su agarre se apretó sobre ambos. “Entonces escuchen. Los dos.”


Las máquinas pitaban en ritmo constante. Afuera, Ciudad de México zumbaba con diez millones de vidas inconscientes de que una estaba terminando.

“Tu padre”, comenzó su madre, y el pecho de Valentina se apretó. “Don Rodrigo te contó lo que pasó. El accidente. El encubrimiento.”

“Mamá, no tenemos que—”

“Sí, tenemos.” La voz de su madre encontró fuerza de algún lugar. “Porque hay más. Algo que Rodrigo no sabe. Algo que nunca le conté a nadie.”

Valentina se inclinó más cerca. El olor del antiséptico quemaba su nariz. O tal vez eran lágrimas.

“Tu padre sabía.”

“¿Qué?”

“Sabía de las violaciones de seguridad. Las reportó. Un mes antes del accidente.” Los ojos de su madre se llenaron de un dolor antiguo. “Fue directamente a Don Aurelio. Le suplicó que arreglara los camiones. Aurelio prometió que lo haría. Mintió.”

Las palabras golpearon a Valentina como un golpe físico. “¿Don Aurelio? ¿No Don Rodrigo?”

“Rodrigo lo encubrió para proteger a su socio. A su amigo. Pero Aurelio—” su madre tosió, débil y húmeda. “Aurelio es quien mató a tu padre. Y nunca pagó por ello.”

La mano de Diego se apretó en el hombro de Valentina.

“¿Por qué no me lo dijiste?” La voz de Valentina era áspera. “¿Por qué no le dijiste a nadie?”

“Porque tenía miedo. Porque necesitábamos el dinero que Rodrigo enviaba. Porque era cobarde.” Lágrimas corrían por las sienes de su madre. “He sido cobarde toda mi vida, mija. Pero tú no. Tú nunca lo fuiste.”

Jaló a Valentina más cerca, sus labios cerca del oído de su hija.

“No dejes que se salga con la suya. Tu padre merece justicia. Ustedes dos la merecen.”

Valentina lloraba demasiado para responder. Sostenía a su madre, sintiendo los huesos frágiles, la piel de papel, la vida que se desvanecía.

“Una cosa más.” La voz de su madre se apagaba. “Mírame.”

Valentina miró.

“Ese hombre te ama.” Inclinó la cabeza hacia Diego. “Del tipo real. El tipo que se queda. No le tengas miedo.”

“No le tengo—”

“Sí lo tienes. Siempre has tenido miedo de ser amada. Porque piensas que no lo mereces.” La mano de su madre encontró el rostro de Valentina. “Sí lo mereces, mija. Mereces todo.”

Los monitores empezaron a desacelerar.

“Mamá—”

“Tu padre me está esperando. Puedo verlo.” Una sonrisa, ahora pacífica. “Está tan orgulloso de ti, Vale. Tan orgulloso.”

“No. No, por favor. Todavía no. Por favor, mamá—”

“Te amo, mi corazón. Para siempre.”

La mano en la suya quedó flácida.

El monitor mostró una línea plana.

Y Valentina gritó.

La Pregunta

Diego arrodillado en el pasillo del hospital, Valentina recargada contra la pared, ambos llorando, sus manos sosteniendo las de ella mientras la luz del amanecer entra por la ventana
"Te he amado desde que teníamos quince años. Déjame pasar el resto de mi vida demostrándolo."

Tres horas después.

El pasillo del hospital estaba vacío. El amanecer rompía sobre Ciudad de México, pintando todo en tonos de oro y duelo.

Valentina estaba sentada recargada contra la pared, las piernas recogidas contra el pecho, el rostro enterrado en los brazos. No se había movido desde que las enfermeras se habían llevado el cuerpo de su madre.

Diego estaba sentado a su lado. En silencio. Solo ahí.

Finalmente, ella levantó la cabeza. Sus ojos estaban rojos, hinchados, pero algo había cambiado en ellos. Algo salvaje.

“Me dijo que Don Aurelio mató a mi padre.”

La mandíbula de Diego se tensó. “¿Qué quieres hacer?”

“Todavía no lo sé. Pero lo voy a averiguar.”

Silencio.

Luego: “Lo que decidas, estoy contigo. Siempre.”

Ella lo miró. Realmente lo miró. A este hombre que había pagado la operación de su madre sin decírselo. Que la había sostenido durante cada crisis. Que la había amado en silencio durante años y no había pedido nada.

“Diego…”

“Sé que este es el peor momento posible.” Él se movió, y de repente estaba arrodillado frente a ella. “Sé que estás de luto. Sé que el mundo se está cayendo a pedazos. Pero tengo que decir esto antes de que pierda el valor.”

“Diego, ¿qué estás—”

“Te he amado desde que teníamos quince años. Desde el día en que golpeaste a Carlos Medina por llamarme maricón. Desde que sostuviste mi mano en el funeral de mi abuela y no la soltaste por tres horas.” Su voz se quebró. “Te he amado a través de todo. Tu beca, MIT, tu regreso, todo. Y te voy a amar a través de todo lo que venga.”

Metió la mano en su bolsillo.

Un anillo. Simple. Un solo diamante. De su abuela, reconoció ella.

“Valentina Reyes.” Lágrimas caían por su rostro. “¿Te casas conmigo?”

Ella miró el anillo. Su rostro. Este momento que era demasiado y no suficiente y todo a la vez.

“Mi mamá acaba de morir. Acabo de enterarme de quién realmente mató a mi padre. Bruno se fue pero todo sigue siendo una mierda. ¿Y me estás proponiendo matrimonio a las 6 de la mañana en un pasillo de hospital?”

Él asintió. “Sí.”

“Estás loco.”

“Probablemente.”

“Ni siquiera hemos tenido una cita real.”

“He estado esperando quince años, Vale. Ya terminé de esperar.”

Ella se rio. Salió como un sollozo. “¿Qué clase de propuesta de mierda es esta?”

“La clase en la que cada palabra es en serio.” Tomó su mano, deslizó el anillo en su dedo. Quedó perfecto. “Di que sí. Di que sí y déjame cuidarte para variar. Déjame ser el que te atrapa cuando caes.”

Ella miró el anillo. A él. Al pasillo donde su madre acababa de dar su último aliento.

Y pensó en lo que su madre había dicho. No le tengas miedo a que te amen.

“Sí.”

Diego se congeló. “¿Qué?”

“Sí, idiota. Me caso contigo.”

La tomó, la jaló hacia él, la besó con quince años de anhelo detrás. Lloraban en la boca del otro. Reían entre besos. Se aferraban como si el mundo estuviera terminando.

En cierto modo, lo estaba. Pero algo nuevo también estaba comenzando.

La Respuesta

Mari de pie frente a Sebastián en una cocina de departamento, su mano sobre su vientre, el rostro de él desesperado de esperanza y miedo, luz matutina entre ellos
"Una oportunidad, Sebastián. Eso es todo lo que tienes. Una."

Esa misma mañana.

El departamento de Mari. Sebastián había dormido en el sofá — otra vez. Estaba despierto antes del amanecer, haciendo café, tratando de verse como un hombre que merecía una segunda oportunidad.

Ella lo encontró ahí, mirando la pared.

“Necesitamos hablar.”

Se volteó. Sus ojos estaban inyectados de sangre. Apenas había dormido en los últimos días. “Lo sé. He estado esperando.”

Mari se sentó frente a él en la pequeña mesa de la cocina. Todavía estaba en bata, el cabello recogido, sin maquillaje. Agotada. Hermosa. Aterradora.

“He estado pensando en todo lo que dijiste. Sobre quedarte. Sobre cambiar. Sobre querer ser padre.”

“¿Y?”

Respiró profundo. “Te creo.”

La esperanza inundó su rostro. “Mari—”

“No he terminado.” Su voz era acero. “Te creo que lo dices en serio. Ahora mismo, en este momento, crees cada palabra. Pero he estado con hombres que lo decían en serio. Mi ex marido lo decía en serio. El padre de mi hija lo decía en serio. Todos lo decían en serio hasta que dejaron de decirlo.”

Sebastián se encogió como si lo hubiera abofeteado.

“Así que esto es lo que va a pasar.” Se inclinó hacia adelante. “Lo vas a demostrar. No con palabras. Con tiempo. Con constancia. Con estar aquí cada maldito día, incluso cuando sea aburrido, incluso cuando sea un desastre hormonal, incluso cuando el bebé esté gritando a las 3 de la mañana y no hayas dormido en semanas.”

“Lo haré. Lo juro—”

“No he terminado.” Sus ojos eran salvajes. “Viniste aquí a robarnos. Me mentiste en la cara mientras dormías conmigo. Me miraste a los ojos y dijiste que me amabas mientras nos vendías.”

“Me detuve. Los elegí a ustedes.”

“Nos elegiste después de que te atraparon. Eso no es lo mismo.” Se levantó, caminó hacia la ventana. “Mi hija ya perdió un padre. No voy a dejar que pierda otro. Así que si estás adentro, estás adentro. Sin mitades. Sin rendirse cuando se ponga difícil. Sin huir de regreso a San Francisco o de donde sea que vinieras.”

“No voy a huir.”

“Más te vale no hacerlo.” Se volteó hacia él. “Porque si me rompes el corazón otra vez, Sebastián Torres, te voy a destruir. Y eso es literal. Tengo amigos. Amigos desarrolladores. Del tipo que puede hacer tu vida un infierno de formas que ni te imaginas.”

Él casi sonrió. “¿Me estás amenazando?”

“Te estoy advirtiendo.” Caminó de vuelta a la mesa, se paró frente a él. “Una oportunidad. Eso es todo lo que tienes. Una.”

“Una es todo lo que necesito.”

Ella estudió su rostro por un largo momento. Luego: “Está bien.”

“¿Está bien qué?”

“Está bien, me caso contigo.” Las palabras salieron duras, defensivas, asustadas. “Pero no por alguna mierda romántica. Porque mi hijo merece un padre y tú estás aquí. Eso es todo.”

Sebastián se levantó lentamente. “Mari…”

“Si lloras, me retracto.”

Él se rio, y fue húmedo y quebrado. “Eso no te lo puedo prometer.”

“Maldita sea.” Pero ella también sonreía, un poquito. “Ven aquí.”

La rodeó con sus brazos. Ella dejó que la sostuviera.

“Lo voy a demostrar”, susurró en su cabello. “Cada día. Por el resto de nuestras vidas.”

“Más te vale.”

La Despedida

Stefan solo en su habitación de hotel, el teléfono presionado contra su oído, su rostro desmoronándose mientras recibe noticias devastadoras, Berlín en la pantalla de su laptop detrás de él
"Papá... tienes que venir a casa. Ahora."

Esa misma tarde.

La habitación de hotel de Stefan era austera, eficiente, alemana en su minimalismo. Estaba sentado en el borde de la cama, teléfono en mano, mirando un mensaje de texto.

Papá, llámame. Es urgente.

Su hija. Dieciséis años. Apenas le hablaba ya. Nunca decía “urgente.”

Sus manos temblaban cuando marcó.

“¿Papá?” Su voz. Asustada. “¿Estás ahí?”

“Estoy aquí, cariño. ¿Qué pasa?”

Silencio. Luego: “Mamá está en el hospital.”

La sangre de Stefan se volvió hielo. “¿Qué pasó?”

“Todavía no saben. Se desmayó en el trabajo. Le están haciendo estudios, pero—” Su voz se quebró. “Papá, tengo miedo. No tengo a nadie más. ¿Puedes venir a casa?”

Ya estaba de pie, ya buscando su maleta. “Voy para allá. Tomo el próximo vuelo.”

“¿De verdad?”

La esperanza en su voz lo destruyó. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que ella creyó que él vendría cuando lo necesitaba?

“De verdad, cariño. Estaré ahí mañana temprano.”

“¿Papá?” Una pausa. “Te quiero.”

¿Cuándo había dicho eso la última vez? ¿Dos años? ¿Tres?

“Yo también te quiero, Sophie. Más que a nada.”

Colgó. Empezó a meter ropa en una maleta. Su mente aceleraba — vuelos, logística, el lanzamiento del SaaS que se acercaba, el equipo que lo necesitaba—

No.

Su hija lo necesitaba. Su ex esposa estaba en el hospital. Nada más importaba.

Tomó su teléfono de nuevo, marcó a Valentina.


La llamada fue a buzón. Por supuesto — ella estaba en el hospital con su madre.

Intentó con Diego en cambio.

“¿Stefan?” La voz de Diego era ronca, agotada. “Estamos en el hospital. La mamá de Vale… se fue.”

Stefan cerró los ojos. “Lo siento mucho, Diego. Por favor dile—”

“Lo sé. Se lo diré.” Una pausa. “¿Qué necesitas?”

“Tengo que volver a Alemania. Mi hija llamó. Mi ex esposa está en el hospital. No sé cuándo regreso.”

“Mierda. Por supuesto. Ve.”

“El lanzamiento del SaaS—”

“Lo manejamos. Nos diste todo lo que necesitamos. Ve con tu familia, Stefan.”

Familia. La palabra lo golpeó como un puñetazo.

“Gracias, Diego. Por todo.”

“No. Gracias a ti.” La voz de Diego se quebró. “Nos salvaste. A todos. Ahora ve y sálvalas a ellas.”

Stefan colgó. Terminó de empacar. Caminó hacia la puerta.

En el umbral, se detuvo. Miró hacia la habitación donde había pasado tres meses. A la ciudad que le había devuelto algo que había perdido: propósito. Conexión. Esperanza.

Volvería. De alguna manera. Para ver el lanzamiento. Para ver a Valentina y Diego casarse. Para ver lo que esta loca familia de marginados construía juntos.

Pero primero, tenía que ir a casa.

Cerró la puerta detrás de él.

El Funeral

Todo el equipo de LogiMex reunido alrededor de una tumba, Don Rodrigo hablando, Valentina de negro recargada contra Diego, lluvia amenazando en el cielo
"Crió a una hija que puede mover montañas. Ese es el único legado que importa."

Tres días después.

El panteón estaba en una colina con vista a Ciudad de México. El cielo estaba pesado, amenazando lluvia. Se sentía apropiado.

Todo el equipo de LogiMex estaba de pie alrededor de la tumba. Valentina, de negro, recargada contra Diego. Mari estaba junto a ella, sosteniendo su mano. Camila estaba ahí. Sebastián. Héctor, sobrio y estable. Mando, sólido como una roca. Rafa, su rostro tallado de un dolor que conocía muy bien.

Y Don Rodrigo.

Estaba parado a la cabecera de la tumba, mirando el ataúd. El hombre que había encubierto la verdad sobre el padre de Valentina. Que había cargado esa culpa durante veinte años.

Cuando habló, su voz era ronca.

“No conocí a Rosa Reyes tan bien como debería. Mantuve mi distancia, porque verla me recordaba mis propios fracasos.” Miró a Valentina. “Su esposo — tu padre — fue uno de los mejores hombres que he conocido. Y le fallé.”

Murmullos. Miradas confundidas. Pero Valentina solo observaba, su rostro ilegible.

“Rosa crió a su hija sola. En la pobreza. Con nada más que su propia fuerza y una fe que nunca entendí. Y miren lo que construyó.” Señaló a Valentina. “Una mujer que puede desafiar a una serpiente brasileña y ganar. Que puede salvar una empresa llena de viejos testarudos demasiado orgullosos para pedir ayuda.”

Su voz se quebró.

“Rosa Reyes fue más fuerte que todos nosotros. Crió a una hija que puede mover montañas. Ese es el único legado que importa.”

Dio un paso atrás.

Valentina soltó la mano de Diego. Caminó hacia la tumba. Miró el ataúd.

“Mi madre me enseñó que la rabia es un tipo de combustible. Que puedes quemarlo para avanzar, o puedes dejar que te queme a ti.” Su voz era firme, pero lágrimas corrían por su rostro. “He estado enojada mucho tiempo. Con el mundo. Con la gente que lastimó a mi familia. Conmigo misma.”

Puso una sola rosa blanca sobre el ataúd.

“Pero ella también me enseñó que el amor es más fuerte. Que la familia no es solo sangre — son las personas que aparecen. Que se quedan. Que pelean por ti incluso cuando estás demasiado rota para pelear por ti misma.”

Miró alrededor a los rostros que la rodeaban. Su equipo. Su familia.

“Esta gente apareció. Se quedaron. Pelearon.” Se limpió los ojos. “Así que ya terminé de estar enojada. Voy a construir algo en cambio. Algo de lo que ella estaría orgullosa.”

Retrocedió hacia los brazos de Diego.

Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer.

La Celebración

La azotea de LogiMex al atardecer, el equipo reunido con bebidas, Valentina mostrando su anillo, Mari y Sebastián tomados de la mano, un letrero dice 'Lanzamiento SaaS — 3 Semanas'
"Por los que se quedaron. Y los que regresaron."

Dos semanas después.

La azotea de LogiMex había sido transformada. Luces por todos lados. Música sonando — cumbia, por supuesto. El olor de tacos de un carrito que alguien había convencido de subir seis pisos.

El ambiente era imposible: duelo y alegría entrelazados, ninguno ganando del todo.

Valentina estaba en una esquina con Diego, Mari y Sebastián, lejos del grupo principal. Sostenía su mano en alto, mostrando el anillo.

“Es hermoso”, dijo Mari. “¿De su abuela?”

“De su abuela.” Valentina miró a Diego, quien se sonrojó. “Me propuso matrimonio a las 6 de la mañana en un pasillo de hospital mientras yo lloraba a moco tendido.”

“Romántico”, dijo Camila, uniéndose a ellos con una bebida en cada mano.

“Cállate.” Pero Valentina sonreía.

“¿Y tú?” Mari se volvió hacia Sebastián. “Cuéntales.”

Él se veía asustado. “Me mata si lo digo mal.”

“Probablemente.”

“Dijo que sí.” Exhaló. “De verdad dijo que sí.”

“Felicidades.” Valentina lo abrazó. Lo sostuvo más tiempo del esperado. “No la cagues.”

“No lo haré.”

“Más te vale. Es mi mejor amiga.”

“Lo sé.” Se separó, encontró su mirada. “Sé exactamente lo que vale. Por eso me quedé.”

Al otro lado de la azotea, Héctor sostenía un vaso de agua mineral, en profunda conversación con Mando.

“Cuarenta y cinco días sobrio”, dijo en voz baja. “La racha más larga en veinte años.”

Mando le dio una palmada en el hombro. “Estoy orgulloso de ti, hermano.”

“Todavía no lo estés. Me falta mucho camino.”

“Lo caminamos juntos.”

Rafa estaba de pie en el borde de la azotea, mirando la ciudad. Camila se le acercó con cuidado.

“¿Estás bien?”

“Mi hijo habría cumplido treinta y dos este año.” No se volteó. “Le habría encantado esto. El SaaS. El equipo. Todo.”

“Lo siento.”

“No tienes que sentirlo.” Finalmente la miró. Sus ojos estaban húmedos, pero su voz era firme. “Él está aquí. En el código. En los datos. Cada número que rastro, lo rastro por él.”

Camila no supo qué decir. Así que simplemente se paró a su lado y también miró la ciudad.


Don Rodrigo llegó tarde. Se veía más viejo que antes, el peso de todo mostrándose en su rostro. Patricio estaba con él, Luciana de su brazo, su vientre empezando a notarse.

“Un brindis”, llamó Don Rodrigo, levantando un vaso. “Por el equipo que salvó esta empresa.”

“Por el equipo”, repitieron todos.

“Por los que se quedaron.” Sus ojos encontraron a Valentina. “Y los que regresaron.”

Ella levantó su vaso hacia él. Una tregua, no perdón. Pero era algo.

La música se intensificó. Diego jaló a Valentina a la pista de baile improvisada. Sebastián giró a Mari, haciéndola reír por primera vez en días. Camila bailó con Mando, quien resultó ser sorprendentemente bueno.

Por un momento perfecto, todo era exactamente como debía ser.

Luego llegó Don Aurelio.

La Bomba

Don Aurelio de pie en la entrada de la azotea, su rostro curtido por el sol serio, la expresión de Don Rodrigo cambiando de alegría a horror, la fiesta congelada detrás de ellos
"Necesitamos hablar, Rodrigo. Sobre el futuro."

El ranchero estaba de pie en la entrada, su rostro curtido por el sol serio. Traía su mejor traje — el que solo usaba para funerales y juntas de consejo.

La música no se detuvo, pero algo en el aire cambió. La gente lo sintió antes de verlo.

Don Rodrigo dejó su vaso.

“Aurelio. No te esperaba.”

“Lo sé.” El ranchero entró a la azotea. Sus botas sonaban fuerte en el concreto. “Pero necesitamos hablar. Ahora.”

Valentina sintió la mano de Diego apretarse alrededor de su cintura. Recordó las palabras de su madre. Aurelio es quien mató a tu padre.

“¿Qué es?” La voz de Don Rodrigo era cautelosa. “¿Qué pasó?”

Don Aurelio miró alrededor de la fiesta. Al equipo. A Valentina, cuyos ojos le quemaban.

“Aquí no. En privado.”

“Lo que tengas que decir, puedes decirlo frente a mi gente.”

La mandíbula del ranchero se tensó. “Bien. Si así lo quieres.”

Metió la mano en su saco. Sacó una carpeta. La arrojó sobre la mesa más cercana.

“Estoy vendiendo mi parte de TransMex.”

Las palabras cayeron como una bomba.

Don Rodrigo palideció. “No puedes—”

“Puedo. Y lo estoy haciendo.” La voz de Don Aurelio era plana. “Estoy muy viejo para esta mierda, Rodrigo. La tecnología, la modernización, el drama — ya acabé. Quiero salirme.”

“¿A quién?” Patricio dio un paso adelante, su rostro tenso. “¿Quién está comprando?”

Don Aurelio encontró su mirada. La sostuvo.

“Grupo Maximiliano.”

El silencio fue absoluto.

Valentina no conocía el nombre, pero podía ver en el rostro de Don Rodrigo que era malo. Muy malo.

“Son un conglomerado”, dijo Patricio, su voz temblando. “Han estado tratando de comprarnos por años. Si consiguen TransMex—”

“Consiguen el edificio”, terminó Don Rodrigo. “La red logística. Los clientes. Todo.”

“Correcto.” El rostro de Don Aurelio era piedra. “Quieren absorber a LogiMex completamente. Eliminar la competencia. Su SaaS, su equipo, su legado — todo se va.”

“¿Por qué?” Valentina dio un paso adelante. Su voz era fría. “¿Por qué nos harías esto?”

Don Aurelio la miró. Algo brilló en sus ojos — culpa tal vez. O miedo.

“Porque me hicieron una oferta que no puedo rechazar. Mi rancho está fallando. La sequía. Los tratados comerciales. Estoy sangrando dinero, y ellos ofrecen lo suficiente para salvarlo todo.”

“Así que nos destruirías para salvarte a ti mismo.”

“Haría lo que tengo que hacer para proteger a mi familia.” Su voz se endureció. “Igual que tú lo harías.”

Valentina quería gritarle. Quería contarles a todos lo que su madre le había dicho. Quería verlo arder.

Pero la mano de Diego encontró la suya. Apretó.

Todavía no, decía ese apretón. Aquí no.

Don Rodrigo se interpuso entre ellos. Su voz era peligrosamente calmada.

“¿Cuánto tiempo tenemos?”

“El trato cierra en seis semanas. A menos que puedan superar su oferta.” Don Aurelio se rio, amargo. “Lo cual ambos sabemos que no pueden.”

“Tal vez no superarla. Pero podemos probar que LogiMex vale más viva que muerta. Si el SaaS se lanza con éxito—”

“Entonces tal vez los conserven como subsidiaria. Tal vez.” El ranchero se encogió de hombros. “Ya no es mi problema.”

Se volvió para irse.

“Aurelio.” La voz de Don Rodrigo lo detuvo. “Fuimos socios cuarenta años. Amigos. Compadres.”

Don Aurelio no se volteó.

“Eso fue antes de que el mundo cambiara, Rodrigo. Antes de que todo se volviera tan… complicado.” Hizo una pausa. “Lo siento. De verdad.”

Se fue.

La fiesta había terminado.

El Ajuste de Cuentas

Valentina y Diego a altas horas de la noche en la oficina de Don Rodrigo, la carpeta abierta sobre el escritorio, el rostro de Valentina salvaje de determinación
"Es hora de que pague por lo que le hizo a mi padre."

Medianoche.

La oficina de Don Rodrigo estaba oscura excepto por una sola lámpara. Estaba sentado detrás de su escritorio, mirando la carpeta que Don Aurelio había dejado. Los números eran devastadores. El calendario era imposible.

Valentina y Diego aparecieron en la puerta.

“Tenemos que hablar”, dijo ella.

Don Rodrigo levantó la vista. El cansancio grababa líneas en su rostro. “Si es sobre la venta—”

“Es sobre mi padre.”

Silencio.

“Mi madre me lo dijo. Antes de morir.” Valentina entró a la oficina, Diego detrás de ella. “Me dijo que Aurelio fue quien recortó el presupuesto de seguridad. Que mi padre reportó las violaciones. Que Aurelio prometió arreglarlas y no lo hizo.”

El rostro de Don Rodrigo se derrumbó. “Vale—”

“Lo protegiste. Todos estos años. Me dejaste creer que fue solo un accidente, solo mala suerte, cuando sabías que alguien era responsable.”

“Traté de protegerte. Y a tu madre.”

“Tonterías.” Su voz chasqueó como un látigo. “Trataste de protegerte a ti mismo. Tu sociedad. Tu maldita empresa.”

“Eso no es—”

“¡Mi padre MURIÓ porque Aurelio era demasiado tacaño para arreglar una línea de frenos!” Golpeó las manos sobre su escritorio. “¡Y lo ayudaste a salirse con la suya!”

Diego puso una mano en su hombro. Firme. Presente.

Don Rodrigo se levantó lentamente. Caminó hacia la ventana. Ciudad de México brillaba abajo, diez millones de luces como estrellas caídas.

“Tienes razón”, dijo finalmente. “Lo ayudé a encubrirlo. Me dije que era para proteger la empresa. Para proteger los trabajos de todos los que trabajaban aquí. Pero la verdad es—” su voz se quebró. “La verdad es que tenía miedo. Aurelio tenía evidencia de cosas que yo también había hecho. Atajos. Compromisos. Ambos éramos culpables. Y guardamos los secretos del otro.”

“Entonces eres tan malo como él.”

“Tal vez.” Se volteó hacia ella. Sus ojos estaban húmedos. “Pero he tratado de compensarlo. El dinero que envié a tu familia. El trabajo que te di. Las oportunidades—”

“Eso no lo hace correcto.”

“No. No lo hace.” Regresó a su escritorio. Se sentó pesadamente. “¿Qué quieres que haga? ¿Decirle a la policía? Fue hace veinte años. No hay evidencia. Los abogados de Aurelio nos enterrarían.”

Valentina lo miraba fijamente. La rabia seguía ahí, ardiendo en su pecho. Pero algo más también estaba ahí. Algo que su madre había plantado.

No dejes que se salga con la suya.

“Quiero su parte de TransMex.”

Don Rodrigo parpadeó. “¿Qué?”

“La venta a Grupo Maximiliano. La vamos a detener.” Se inclinó hacia adelante. “Y cuando lo hagamos, cuando probemos que LogiMex vale más que su trato de mierda, lo vamos a sacar. Completamente. Sin paracaídas dorado. Sin salida honorable. Se va sin nada.”

“Eso es… ambicioso.”

“El SaaS se lanza en tres semanas. Lo hacemos el mayor éxito en la historia de la tecnología mexicana. Traemos tanta inversión que Grupo Maximiliano parece un mal chiste. Y luego dejamos que Aurelio mire cómo todo lo que quería destruir florece sin él.”

Don Rodrigo la miró fijamente. Algo cambió en su expresión. Respeto tal vez. O esperanza.

“¿De verdad crees que podemos lograrlo?”

“No lo creo. Lo sé.” Se enderezó. “Pero necesito tu ayuda. Acceso completo a los libros de TransMex. Cada secreto que Aurelio ha escondido. Cada palanca que podamos encontrar.”

“Eso podría destruirnos a los dos.”

“Estoy dispuesta a correr ese riesgo. ¿Y tú?”

Una larga pausa.

Luego Don Rodrigo asintió.

“Sí. Por tu padre. Por todo lo que debí haber hecho hace veinte años.” Abrió un cajón, sacó una llave. “Los archivos están en el sótano. Todo está ahí.”

Valentina tomó la llave.

“Empezamos esta noche.”

El Llamado a las Armas

El equipo de LogiMex reunido alrededor de una mesa de conferencias cubierta de papeles y laptops, Valentina de pie a la cabecera, todos los rostros grabados con determinación
"Tres semanas para salvarlo todo. Manos a la obra."

A la mañana siguiente.

La sala de conferencias estaba llena. Cada miembro del equipo, agotado pero despierto, apretujados alrededor de la mesa. Tazas de café por todas partes. Laptops abiertas. Energía zumbando.

Valentina estaba a la cabecera de la mesa. Diego junto a ella, como siempre.

“Voy a ser directa”, dijo. “Estamos jodidos.”

Nadie se rio.

“Don Aurelio está vendiendo su parte de TransMex a Grupo Maximiliano. Si esa venta se cierra, obtienen el edificio, la red logística y suficiente palanca para cerrarnos. El SaaS, todo lo que hemos construido — se acaba.”

“¿Cuánto tiempo tenemos?” preguntó Mando.

“Seis semanas.”

“Chingada madre”, murmuró alguien.

“Pero no vamos a dejar que pase.” La voz de Valentina se endureció. “Lanzamos el SaaS en tres semanas. No en beta. No en lanzamiento limitado. Producción completa. Todos los mercados. Todas las funciones.”

“Eso es imposible”, dijo Rafa. “No estamos listos.”

“Entonces nos preparamos.” Miró alrededor de la mesa. “Sé lo que estoy pidiendo. Sé que acabamos de sobrevivir a Bruno. Sé que algunos de ustedes están de luto. Carajo, yo acabo de enterrar a mi madre.” Su voz se trabó, pero siguió adelante. “Pero esto es todo. Por esto hemos peleado. No solo el software. La empresa. La familia. Todo.”

Héctor se levantó lentamente. “He estado en esta empresa veinticinco años. No voy a dejar que unos buitres corporativos se la lleven ahora. Cuenten conmigo.”

Mando asintió. “Y conmigo.”

Rafa: “Y conmigo.”

Uno por uno, toda la sala. Mari. Sebastián. Camila. Todos.

Valentina sintió que las lágrimas subían, pero las empujó hacia abajo.

“Entonces está decidido.” Golpeó la mesa. “Tres semanas para salvarlo todo. Manos a la obra.”

La sala explotó en movimiento. Laptops abriéndose. Teclados clicando. Pizarrones llenándose de planes.

Diego jaló a Valentina a un lado.

“Ese fue un discurso con madre.”

“Cada palabra era en serio.”

Le besó la frente. “Lo sé. Por eso te amo.”

Ella se recargó en él un momento. Un respiro.

Luego se enderezó.

“Vamos. Tenemos una empresa que salvar.”

Próximo Episodio: "El Nuevo Amanecer" La batalla final. El equipo tiene tres semanas para lanzar el SaaS y probar el valor de LogiMex antes de que Grupo Maximiliano cierre el trato. Valentina descubre los secretos más oscuros de Aurelio — y la evidencia que podría derribarlo. Stefan regresa de Berlín con ayuda inesperada. Y mientras la cuenta regresiva llega a cero, todo está en juego. ¿Podrán salvar la empresa? ¿Obtendrá Valentina justicia para su padre? ¿Y la familia que han construido sobrevivirá lo que viene?
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