La pregunta que se guardóJúlia eligió un bar con sillas de plástico, servilletas de papel grasientas y un mesero que gritaba su nombre desde la mitad de la acera. La lluvia del viernes había dejado la calle brillante. Para cuando llegó Stefan, el calor había vuelto; ella sentía el sudor debajo de la cadena del cuello.
Una cena sin libretaEl jueves, Klaus encontró el recibo doblado dentro de su libreta. Un diminuto control de volumen, dibujado con los trazos rápidos y seguros de Thaís, estaba sobre las palabras NO ES LINEAL. Pasó el pulgar por la tinta. En el escritorio de al lado alguien pedía una previsión de costos revisada, pero durante un instante oyó al mesero del sábado, el roce de una silla, la risa de ella saliendo por la ventana del restaurante.